Diseño Web, o estética zumbona

Doctor: Mire… usted padece una infección urinaria, y debería…
Paciente: No, no… Yo tengo apendicitos, y le sugiero que me opere enseguida.
D.: No hay nada en las pruebas que indique que usted sufre de apendicitis… Por el contrario, los análisis demuestran…
P.: A mí los análisis me dan igual. Yo tengo apendicitos gástrico de duodeno, que se lo digo yo, que llevo años con este problema y lo he mirado en Gugle.
D.: Pero es que…
P.: Pero es que nada, o me opera o me voy a otra clínica en la que realmente sepan de medecina
D.: Bueno, como quiera… Enfermera, cancele el tratamiento con antibióticos de amplio espectro y prepare el quirófano para una intervención urgente de “apendicitos”…
Enfermera: Doctor, ¿piensa efectuar una laparotomía media o una laparotomía derecha? Lo pregunto porque…
P.: Prefiero una “loparotomía” media. Parece menos intrusiva…
D.: Lo que usted diga… Firme aquí, por favor.

Se imaginan la cantidad de muertos que habría si las cosas fueran así. Ya tenemos suficientes problemas con la irrefrenable tendencia a la automedicación de ciertos grupos sociales, como para ponernos ahora ha exigir que se nos opere de esto o de aquello.

El caso es que hay ciertas actividades profesionales en las que el cliente se comporta como el paciente que abre este texto (y los profesionales como el médico de marras). Sin embargo, las consecuencias de que el profesional claudique y haga lo que el “paciente” le pide no son tan graves.

Nadie se muere por una web mal diseñada, por ejemplo… Y, aunque sufren terriblemente, aún no he conocido a ningún diseñador web que haya llegado al suicidio por desavenencias creativas con el cliente (amenazan con hacerlo, es cierto, pero nunca llegan a tirarse).

Puede parecer una exageración, pero las situaciones en las que un cliente insiste en que se haga lo que él quiere en el ámbito del diseño, son comparables a la descrita al principio.

En ambos casos una persona se pone en manos de otra para que le asesore sobre un determinado tema. En ambos casos, lo más indicado es que quien asesora sea profesional (y no el primo de turno). En ambos casos alguien explica lo que le pasa, y otra persona, tras escucharle y analizar los datos, le propone soluciones.

Tanto el médico como el diseñador deberían ser profesionales (y digo “deberían” porque hay mucho intrusismo, incluso en medicina, no se crean) y el cliente, dentro de lo razonable, debería dejarse asesorar.

Lo lógico es suponer que, quien decide contratar un servicio profesional de diseño web, entiende que los profesionales saben más que él ese terreno. Lamentablemente no siempre es así.

En el fondo, todo gira en torno a las citadas consecuencias. Supongo que si ver publicada una web fea provocara paros cardíacos fulminantes a los que han pagado por ella, otro gallo nos cantaría.

Alguien podrá argüir que en el campo del diseño todo depende de las preferencias personales, y que en última instancia es el cliente quien debe decidir, en función de lo que le gusta y lo que no. Llevados al extremo, esto puede aplicarse en cualquier aspecto de nuestras vidas… Somos libres de hacerlo.

Sin embargo, conozco lamentables casos de personas a las que no les ha gustado el dictamen del médico y han optado por ignorar una grave enfermedad. Las consecuencias no han sido buenas.

El diseño web tiene unas reglas, y presenta complicaciones que van más allá de “esto me gusta y esto no”.

Un ejemplo sencillo: es muy común que los clientes soliciten que el texto HTML de una web figure justificado… Cuando se les explica que eso no es conveniente, siempre replican que así la página se ve más bonita. El problema es, se les dice entonces, que no todos los navegadores “entienden” el justificado, y que los que lo hacen, lo hacen mal, haciendo que el texto se lea de forma deficiente (y, de paso, que la web no se vea tan bonita).

Eso suele bastar. Pero no siempre. Al final, si la cosa se pone chunga, y antes de que el cliente se largue a otra “clínica”, los profesionales del diseño se bajan de la azotea (por la escalera o el ascensor, y convencidos por algún colega de marketing que les intenta subir el ánimo), y ondean la banderita blanca.

Entonces el cliente se va a casa muy contento, con una preciosa web de textos justificados que igual no leen bien ni el 50% de sus potenciales usuarios.

Y ahora volvamos al tema de las consecuencias… No dejarse asesorar por un médico puede llevar a la tumba a corto plazo… No dejarse asesorar a la hora de diseñar una web no mata, pero a medio-largo plazo hace perder dinero… Y como todo es cuestión de gustos, ambos problemas están equiparados: conozco gente que prefiere irse al otro barrio antes que perder dinero.

Podría narrar innumerables casos en los que tras cientos de discusiones, varias propuestas, y miles de horas trabajadas, se ha optado por darle al cliente lo que pide, aun cuando desde un punto de vista profesional lo solicitado careciese de todo sentido.

El resultado, invariablemente, no satisface a nadie… Ni al cliente, ni al diseñador. Y en menos tiempo del que se cree, se hace patente que la inversión no ha valido la pena.

Y, cuando los números no son del agrado del cliente -ya sea en el aspecto económico, ya sea en el de las visitas-, las culpas recaen sobre el profesional (y con justa razón).

Transcribo, para acabar, un diálogo en el que no menciono nombres para proteger a los inocentes… A diferencia del que inicia este post, éste es real:

Cliente: Esta web es horrible… No refleja la calidad de nuestra empresa.
Diseñador: La hemos hecho siguiendo las últimas directrices de diseño, aprobadas por ustedes…
C.: Da igual… mira esta página, no la entienda nadie…
D.: Esta página la habéis hecho cambiar varias veces… Nuestro diseño original era otro… es normal que la página no se entienda…
C.: Pues como profesionales, deberíais habérnoslo dicho…
D.: Pero si os lo dijimos… en varias ocasiones.
C.: Pues deberíais haber insistido más.

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