La fauna de los clientes

Las figuritas que tengo en mi escritorio...

Las figuritas que tengo en mi escritorio...

Estas son las figuritas que tengo en mi escritorio de trabajo. Iban de camino a un contenedor de plástico, y de ahí al horno de fundición. Su cruel destino era el de convertirse en parte de un insípido mini carrito de supermercado.

Justo antes de tirarlas, decidí salvarlas de la muerte. Y, mirándolas con detenimiento, me he dado cuenta de que son como los clientes.

Primero está el “cliente enanito”, que trabaja mucho y todos los días. Acude a la mina y sigue una rutina diaria. No le sorprendas con cosas diferentes, ya que siempre quiere lo mismo. Ten cuidado… Si te toca en plan gruñón, la relación con él puede complicarse.

Luego está el “cliente bazoka”. Se encuentra en guerra permanente contra el mundo, contra sus clientes y, por supuesto, contra los malditos proveedores.

Luego tenemos al “cliente dinosaurio”. Curioso personaje: vive desde la noche de los tiempos y sabe mucho más que tú… de cualquier cosa.

Cerca se encuentra el “cliente pirata”. Ya se sabe, no paga e intenta sacarte todo lo que tienes…

Al fondo hay un muñeco con unos cascos: es el cliente sordo. No vale la pena el esfuerzo de aconsejarle. No escucha.

A la izquierda del de los cascos hay uno con gafas… Es el “cliente ciego”, aquel que siempre pide que le pongas más color a la web, al anuncio o a lo que sea, porque de lo contrario no se ve.

Luego está el “cliente naif”, que vive en un mundo alejado de la realidad. No sabe si ser adulto o niño, moderno o clásico. Es el que te pide cosas arriesgadas, pero que no te pases.

También está el “cliente bombero”. No apaga fuegos… los provoca, y luego te ahoga con el agua que él mismo te hecha encima.

También veo al “cliente ninja”, al “cliente gato” y al “cliente cabra”. Éste último es digno de mención. A veces normal, a veces loco. Puedes trabajar con él, pero en cualquier momento te pega una embestida.

Por último, está el “cliente amoroso”. Tierno y manso. Es cordial, sabe escuchar y dice las verdades igual que los niños: sin trampa ni cartón. Ahora bien, el cliente amoroso se va con la misma facilidad con la que llega… de repente descubres que ha desaparecido.

Mirando las figurillas de plástico, me viene a la memoria una frase de la serie Mad Men, ambientada en el mundo de la publicidad de los años 60: “cuando ganas un cliente, empiezas a perderlo”.

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