¡Gracias por el logo!

Joga bonito: graffitti de Nike en Berlín

Joga bonito: graffitti de Nike en Berlín

Corren buenos tiempos para la apreciación económica de las marcas. Hoy en día ya es indiscutible que la construcción de una marca fuerte es el mejor salvavidas para una compañía. El valor económico de una marca se cuantifica por diferentes métodos, y puede llegar a constituir el principal activo de una empresa. Existen numerosos rankings que clasifican las marcas más valoradas, en una especie de stock market que fluctúa año a año.

Muchos logotipos se han convertido en verdaderos iconos de nuestra cultura, sobrepasando los límites de lo puramente comercial. El logotipo es el depositario de todo el valor de la marca, ya que su simple aplicación a la superficie de un producto transfiere al mismo una carga de promesas y complicidades imposibles de lograr de otro modo.

Según el ranking de mejores marcas globales de Interbrand, uno de los más prestigiosos, las tres marcas más valoradas serían Coca-cola, IBM y Microsoft, ninguna sorpresa. Más abajo encontraremos clásicos como MacDonalds, Disney o Louis Vuitton, y advenedizos estelares como Google.

Pero al observar todos estos logotipos, uno se pregunta: ¿quién los diseñó? ¿se conoce al menos su nombre? ¿se beneficia su autor de algún modo por el éxito universal de su creación?

Si en vez de un logotipo fuera una pieza musical… la SGAE (o su equivalente en otro país) facturaría unas bonitas cantidades en concepto de derechos de autor, que revertirían en sustanciales ingresos en la cuenta del compositor.

Si en vez de un logotipo fuera una silla, el diseñador de la misma habría firmado un contrato de royalties que le aseguraría un porcentaje de las ventas de la misma, de modo que un éxito comercial como los que estamos comentando bien podría solucionarle la vida.

Si en vez de un logotipo fuera cualquier tipo de patente industrial, el patrimonio personal de su creador sería directamente proporcional al éxito de la explotación de su idea.

Sin embargo, en el diseño gráfico, las cosas no funcionan así. Un diseñador gráfico cobra sus honorarios por el diseño de una identidad corporativa y corta el cordón umbilical con su obra, que queda en manos de su nuevo propietario, la empresa para la que fue concebida.

Todo esto viene a cuento de un artículo en el que da la cara el autor del logo de Apple (nº 24 en el ranking de Interbrand), la famosa manzana mordida multicolor. Imposible saber cuánto cobró por el trabajo, ya que por aquel entonces, 1977, Rob Janoff era empleado de la agencia que recibió el encargo, Regis McKenna. Lo curioso es que, al ser preguntado qué tipo de agradecimiento ha recibido de la multinacional de Cupertino por su «fructífero» trabajo, Rob contesta: «Ni siquiera una postal por navidad».

¿Deberíamos considerarlo una cuestión de Responsabilidad Social Corporativa? Mucha mejor suerte corrió Carolyn Davidson, la autora acreditada del omnipresente swoosh de Nike (nº 29 en el ranking de Interbrand), ese trazo curvo estampado en millones de zapatillas y prendas deportivas del mundo entero. La diseñadora concibió el imagotipo en 1971, siendo aún estudiante, como un trabajo de clase, por el que cobró 35 dólares, además de la oportunidad de trabajar para la empresa durante una temporada. Doce años más tarde, Carolyn fue invitada a almorzar en Nike, donde le sorprendieron con un anillo de diamantes grabado con el swoosh y una cantidad indeterminada de acciones de la compañía. Bonito detalle. ¿Hará algún día Steve Jobs algo parecido con Rob Janoff?

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