I want it all, and I want it now…

Es sorprendente lo mucho que engañan las apariencias. Casi nadie se espera que una persona ya madura, de aspecto serio y circunspecto, se ponga a cantar rock en medio de una reunión de negocios. Pero ocurre. Vaya si ocurre. Ante la pregunta de qué es lo que necesitan, y cuáles son sus objetivos, hay clientes que agarran un micro imaginario y entonan el famoso estribillo de Queen… Lo quiero todo, y lo quiero ahora.

Quien haya visto el insufrible anuncio de Wipp Express se puede hacer una idea de la cara que se les queda a los contertulios.

Tras superar el estupor y recuperar el habla, tímidamente al principio, y con algo más de entereza después, los interlocutores suelen solicitar al improvisado rockero que acabe la canción… Tienen la vana esperanza de que el resto de la letra ponga las cosas en su sitio. A lo mejor, las demás estrofas centran un poco el tema.

Sin embargo, en la mayoría de los casos, cuando la canción empieza así, también acaba así. La estrella solo se sabe el estribillo. Y lo repite una y otra vez.

Hay reuniones en las que el show es en solitario, y la canción es a capella. Otras veces, el cantante se trae al batería y al bajo para que lo acompañen durante la representación… Al auditorio no le queda más que esperar pacientemente a que empiece la rueda de prensa, para formular ruegos y preguntas.

Una canción no tiene éxito si solo se compone de un estribillo. Y un proyecto, cualquier proyecto, tampoco. Así que lo primero es averiguar qué significa aquel enigmático “lo quiero todo” para ponerle algo más de letra a esa conocida música.

Y aquí un inciso: no todos los clientes son así. Hay quienes se traen las letras muy bien aprendidas, y saben qué es lo que quieren. El estribillo de sus canciones suelen ser tres o cuatro versos que resumen claramente sus ideas. En esos casos, nuestro trabajo consiste en montar el escenario (atrezzo y extras incluidos), de la mejor manera posible.

Cuando, por el contrario, el cliente solo tiene una idea vaga del proyecto y sus objetivos, es preciso analizar antes tanto a dicho cliente como a su público. La idea es proponer luego una letra y una música determinadas, que cacen con lo que se imagina cuando dice que lo quiere todo. El problema es que, en esos casos, no es posible cumplir con el resto de la frase: “…y lo quiero ahora”.

Definir un proyecto desde el principio es otro proyecto en sí mismo. Lleva tiempo, y cuesta dinero. Y, como la mayoría de las estrellas, el cliente rockero suele ser excéntrico e impaciente, y se siente solitario e incomprendido. No entiende porqué sus interlocutores no captan sus ideas. Así que exige rapidez en todo, y no se molesta en responder a las preguntas de los letristas y los músicos… Éstos, llevados por el ansia de cobrar su trabajo, componen entonces sin conocer ni a los fans ni al cantante.

Y la cosa no suele acabar bien: a los primeros los desilusionan, y al segundo lo hacen cantar por encima de sus posibilidades (porque si se quiere todo y ya, es fácil que el resultado sea una canción larga y pretenciosa). Muy chungo.

La solución a este problema no suele ser sencilla. Por un lado, el cliente debe estar dispuesto a centrar el mensaje, aportando objetivos concretos y renunciando al todo y al ahora. Por otro, los encargados de desarrollar el proyecto deben acometerlo solo cuando se haya podido escribir una buena canción. Si esto último no ha sido posible, lo mejor es no aceptar el trabajo… Sí, habéis leído bien: más vale no aceptar el trabajo…

Si falla cualquiera de las partes, el proyecto será un fracaso. Y nadie debería asombrarse de que luego no se vendan entradas para el concierto.

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