Iconos, en busca de un lenguaje universal

Watch your step iconos New York

¿Qué tienen que ver las cuevas de Altamira con los lavabos del bar de la esquina? Con unos cuantos siglos de distancia, las pinturas rupestres y la señal en las puertas del servicio son el mismo ejercicio de representación simplificada que conocemos como iconos (ah! y también encontramos ambas «al fondo a la izquierda», pero eso es mera casualidad).

Hoy en día encontramos iconos por todas partes, aunque conviene aclarar el término: un icono es un grafismo que mantiene una relación de semejanza con el objeto representado. Eso nos aclara muchas cosas: por ejemplo, los personajillos de las puertas del lavabo son iconos porque se asemejan a un hombre y una mujer. Al menos, a un hombre y una mujer con cabeza redonda que flota sobre sus hombros. Sin embargo, la señal de prohibido aparcar, la «aspita» que usamos para cerrar ventanas en el ordenador, o el botón de encender y apagar que encontramos en la mayoría de aparatos electrónicos, no son realmente iconos, sino signos. Es decir, formas a las que nos hemos puesto de acuerdo para asignar un significado, pero no por su parecido con el objeto real.

¿Ha quedado clara la diferencia entre iconos y signos? Pues vamos a complicarlo todo, porque en realidad, cuando vemos los iconos de hombre y mujer en una puerta no concluimos que en su interior se compran y venden esclavos, ni tampoco que se trata de un acceso exclusivo para parejas heterosexuales. Hemos asignado a ese dibujito el significado de lavabos y por tanto hemos convertido el icono en un signo. Y nos quedamos tan anchos.

Como creo que todavía no os he complicado bastante la vida, voy a aclarar ahora lo que es un símbolo, aunque esto ya es para nota. Aquí pido el comodín de la Real Academia de la Lengua, que lo define como «la representación perceptible de una idea, con rasgos asociados por una convención socialmente aceptada.» Es decir, se parece a un signo en que su significado es un convención cultural, pero es mucho más amplio, abierto e indefinido. Por ejemplo: para los autores de las pinturas de Altamira, la figurita saltarina con arco y flechas es el icono de un señor concreto, corriendo famélico en pos de unas suculentas gacelas. Sin embargo, las siluetas de la puerta del WC no son iconos de un señor y una señora en posición de firmes, sino un símbolo de la condición humana con necesidades fisiológicas. O sea, un símbolo de cualquier persona de genero masculino o femenino con ganas de hacer pis. U otra cosa.

frottement iconos Paris

Es obvio que todo esto, a los diseñadores gráficos, nos ofrece unas posibilidades inacabables. Vamos, que nos pone. Que las palabras están muy bien, pero a todos nos da pereza leer, y además hay muchos idiomas en el mundo. Que es muy tentadora la posibilidad de contar algo sólo con dibujos, y que lo entienda cualquier persona, en cualquier lugar del mundo, ahora o en el neolítico. Pero, ¿es eso realmente posible? ¿son los iconos un lenguaje universal, comprensible por todo el mundo?

Intentos ha habido muchos. En los años 20 del siglo pasado, cuando el diseño nacía y aún tenía la intención de cambiar el mundo, un equipo de diseñadores capitaneados por Otto Neurath y Gerd Arntz comenzaron a trabajar en el Método Viena de Estadísticas Gráficas, más tarde conocido como Isotype. Su objetivo era informar y educar al pueblo en cuestiones sociales, tecnológicas, biológicas e históricas, a través de pictogramas. Para ello desarrollaron un amplio vocabulario de iconos y signos que permitían representar datos estadísticos y relacionarlos entre sí. Aunque el proyecto no tuvo una vida muy larga (principalmente porque sus precursores tuvieron que salir por piernas con la llegada del fascismo a Austria), los gráficos que fueron capaces de generar resultan extrañamente modernos y nos recuerdan claramente a las infografías actuales, esas que inundan los blogs en los últimos años.

Los iconos de Isotype ya se caracterizaban por la simplicidad de formas y la minimización de rasgos, lo que facilitaba su asimilación y memorización. Esa característica ha sobrevivido en los iconos que actualmente se utilizan en la señalización de lugares públicos como por ejemplo los aeropuertos, esos lugares donde coinciden gentes de distintas culturas e idiomas, con bastante prisa y mucha necesidad de orientación. Siempre que esos aeropuertos tengan aviones, por supuesto.

El corto Airport, de Iain Anderson.

Los iconos que actualmente encontramos en esos lugares públicos de cualquier parte del mundo tienen otro antecedente más reciente, sin embargo. Las olimpiadas, esa otra circunstancia en la que concurren personas de la más diversa procedencia y condición, han sido un laboratorio para testear la efectividad de los lenguajes gráficos. En las olimpiadas de Tokio 64, Masaru Katzumie y Yoshiro Yamashita diseñaron una colección de pictogramas para representar 20 deportes y otros elementos informativos, con un estilo muy próximo al anciano Isotype. Lo mismo sucedió en México 68, pero fue en las Olimpiadas de Munich en 1972 cuando Otl Aicher se hizo cargo del ambicioso proyecto de señalización que originó la original colección de iconos cuya influencia llega hasta el día de hoy.

Pero ¿existe realmente un estándar para estos pictogramas? Pues sí: dos años después de las olimpiadas de Munich, el Departamento de Transporte de EEUU (en siglas, DOT) encargó al Instituto Americano de Artes Gráficas (en siglas, AIGA) un colección de pictogramas que, sospechosamente, se parecen muchísimo a las de Otl Aicher, y que son de dominio público. Más sospechosamente todavía, ya en 1990, la Organización Internacional para la Estandarización (en siglas, ISO) publicó la norma ISO 7001 para símbolos de información pública, que ¿lo adivináis? se parece una barbaridad a las anteriores. Así que sí, existe un estándar real y de facto.

coche al agua Finlandia

Con la llegada de las pantallas gráficas a los ordenadores, nació un mundo de metáforas en la que los iconos adquirieron un papel protagonista: representan carpetas, documentos, discos o impresoras, siempre buscando la semejanza a través de la simplificación, ya que su tamaño suele ser pequeño. Por extensión, a los pictogramas que identifican a los distintos programas y aplicaciones (perdón, ahora se llaman apps) se les llama también iconos, y así estos iconos han acabado invadiendo las pantallitas de nuestros teléfonos móviles.

Sin embargo, hay un ámbito donde los iconos se resisten a conquistar el protagonismo que les correspondería: las páginas web. Si lo pensamos, lo lógico sería que el uso de iconos en la web se hubiera implantado de forma tan uniforme y extensiva como en los aeropuertos. Se utilizan, sí, pero no existe un estándar comparable al del mundo real, más allá del icono «casita» para llevar a la página principal. ¿Quién será el «Otl Aicher» de la web? ¿Qué organismo se decidirá a proponer una norma universal?

Algunos intentos hay. Una de las tendencias en este momento es el uso de fonts de iconos: en lugar de caracteres tipográficos, estas fonts muestran una colección de pictogramas para las necesidades más frecuentes de una web. Una de las más utilizadas es Font Awesome, ya que fue diseñada para Bootstrap, la colección de herramientas creada por Twitter para el desarrollo de sitios y aplicaciones web. ¿Qué es lo que falta para que sea realmente estándar? pues que se establezca también el significado de cada uno de esos iconos, ya que en estos momentos cada cual los elige y utiliza para una cosa diferente, lo que va en contra de su utilidad como lenguaje universal.

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