…Y ahora lo rompo todo

Tengo un hijo de dos años al que le encanta jugar a las “construcciones”. Coge un cubo lleno de bloques de madera y lo esparce por el suelo. Luego me llama para que haga una torre.

Al principio, no alcazaba a poner más que una pieza y PAM!, manotazo o patada, y a tomar por saco. Ahora, el muy cabronazo ha aprendido a ser paciente. Cuando estoy empezando a pasármelo bien, y ganar altura es ya una tarea delicada porque el edifico se tambalea al menor respiro, le mete un aventón guapo. Y ahí me quedo… Con la lengüita medio fuera, un bloque de madera en la mano y la mirada enfocando al vacío.

No sé si la risa del crío es por haber tirado la torre, o por mi cara de pasmarote. En cualquier caso, la cosa no pasa de ser un juego de niños. Intento ser buen padre, así que aprovecho la ocasión para reírme con él, y para enseñarle que debe respetar el trabajo de los demás. No dejo que me tire la tercera torre.

En el mundo de los adultos, esto también pasa. Aunque cuando la torre es un proyecto empresarial, del tipo que sea, que conlleva horas de trabajo y costes de realización, la cosa ya no es un juego, ni provoca risa. Además, ya es tarde para enseñarle a nadie nociones como respeto o responsabilidad.

Que levante la mano quien no lo haya vivido: después de muchas horas y mucho esfuerzo, alguien llega y decide que lo que se ha hecho hasta la fecha no le gusta. Que la cosa se ha enfocado mal y que por ahí no van los tiros.

Hasta cierto punto, y si has empezado a construir la torre sin preguntarle nada al niño, te mereces el manotazo. A fin de cuentas las piezas son suyas. De la misma manera, desarrollar un proyecto sin contar con el cliente en cada una de las fases conlleva el riesgo de que te tumben el edificio justo cuando vas a empezar con la décima planta.

Ahora bien, si has desarrollado un proyecto por fases previamente acordadas, y cada fase se ha completado con la aprobación del cliente, el manotazo te duele un rato.

Las razones de que esto ocurra son muchas, aunque se pueden destacar dos o tres.

En primer lugar, cuando la aprobación de las fases de proyecto corre a cargo de alguien que en realidad no tiene la última palabra al respecto. En cierto momento, aparece el verdadero responsable que, tras ver lo que hay, se lleva las manos a la cabeza.

La segunda causa es aún más dolorosa: aún siendo el último responsable quien aprueba las fases, éste no se da el trabajo de analizarlas con detenimiento, y deja pasar ciertas cosas con la esperanza de que se solucionen “sobre la marcha”. Entonces, cuando el proyecto alcanza cierta dimensión, se da cuenta de que lo que hay no le gusta nada…

Finalmente, puede ocurrir que el cliente fije unos objetivos que durante el desarrollo del proyecto se revelen como erróneos o desfasados, con lo que el trabajo realizado pierde sentido.

Para cualquiera de estos casos, las soluciones son pocas. Es prácticamente imposible reconducir el proyecto y conseguir que sea del agrado de alguien. Aunque cuesta admitirlo, la alternativa correcta suele ser la del “borrón y cuenta nueva”.

Cuando se intenta aprovechar algo de lo realizado, la historia suele acabar mal. Los proyectos recauchutados terminan siendo una suerte de Frankenstein, una cosa llena de cicatrices y con un fuerte olor a cadáver (o una torre inestable, si se prefiere seguir con la analogía).

Lo más común es que sea el desarrollador del proyecto quien corra con los costes de la película. Aunque, en casos excepcionales, hay clientes que son conscientes de su responsabilidad en el asunto y se ofrecen a pagar las horas invertidas.

Siendo legales, lo adecuado en estos casos es afrontar a medias el marrón. Por mucho que te vayan aprobando fases, si eres profesional deberías ser capaz de sopesar el terreno que pisas.

Para ser sincero, siempre que nos topamos con clientes que gustan de tirar las torres y romperlo todo, algo nos dice que seamos cautelosos. Si llegas al final sin que te tumben nada, perfecto. Ahora, si te lo tumban, no es cuestión hacerse el sorprendido… en el fondo lo sabías (de la misma manera que sabes que tarde o temprano un niño pequeño hará su trabajo).

Lo que no puedes saber es cuántos pisos tendrá el edificio antes de que todo se vaya al traste. Lo lógico es procurar que sean los menos posibles.

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